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domingo, 5 de septiembre de 2010

Dos soles en Tatooine



Un melancólico, meditabundo y cabizbajo Luke Skywalker contempla el atardecer sobre el horizonte de Tattoine. Mientras sueña con aventuras espaciales y con alistarse en las filas de las fuerzas rebeldes que luchan contra el malvado Imperio, los dos soles de Tattoinesiguen con su camino imparable hacia el ocaso, el doble ocaso.

¿Quién no recuerda esta escena de La guerra de las galaxias (como se llamaba en mi época), también conocida como Star Wars IV: A New Hope? Aunque ya han pasado 33 años, sigue en las mentes de todos los aficionados al género de la ciencia ficción (no discutiré si es ciencia ficción o no, como se ha pretendido por parte de ciertos "intelectuales puretas") y se ha convertido en un clásico indiscutible. Quizá el cine de ciencia ficción, tal y como lo conocemos hoy, comenzó con la impresionante saga de George Lucas.

Pero dejaré esta discusión a un lado y me centraré en la escena anterior propiamente dicha. Y ésta no refleja otra cosa que una "doble puesta de sol". ¿Por qué no disfrutamos en la Tierra de un espectáculo así? La respuesta es obvia: nuestro querido y amado Sol no tiene una compañera conocida, aunque semejante idea se ha propuesto en más de una ocasión. Ahora bien, ¿sería posible contemplar un fenómeno semejante en otro mundo diferente al nuestro, como Tattoine?

Un sistema estelar formado por dos estrellas se conoce como sistema binario. Ambos astros describen órbitas alrededor de su común centro de masas. Aunque estos sistemas binarios pueden encontrarse con relativa frecuencia en el universo, lo que no resulta tan claro es la posibilidad que presentan de acoger planetas en los que se pueda desarrollar una vida similar a la nuestra, tal y como se nos muestra en el universo ficticio de Star Wars.

Tanto es así que, en efecto, la NASA ha hecho público recientemente un trabajo en el que descarta la posibilidad de vida en planetas alrededor de sistemas binarios. La razón parece apuntar al hallazgo de cantidades importantes de polvo en estos sistemas solares dobles. ¿De dónde proceden estas enormes masas de polvo halladas en varios sistemas binarios? Las evidencias señalan a colisiones frecuentes experimentadas por sus planetas. Dichas colisiones vienen provocadas, muy probablemente, por las enormes velocidades de rotación de las estrellas que conforman el sistema binario. Al girar tan rápido, se generan intensos campos magnéticos (de forma similar a lo que sucede con los púlsares) que, a su vez, provocan fuertes vientos estelares. Como consecuencia, las dos estrellas ven frenadas sus rotaciones, acercándose entre sí cada vez más hasta que describen órbitas en las que siempre muestran la misma cara la una hacia la otra (de la misma forma en que la Luna lo hace con nosotros o Mercurio con el Sol). Puede que sea este acomodamiento en sus órbitas de las estrellas lo que causa las turbulencias e inestabilidades gravitatorias en el resto de los cuerpos que deambulan por el sistema. Así, aunque lo habitual es que con el paso del tiempo (millones de años) el polvo se vaya disipando y desapareciendo paulatinamente de las cercanías de las estrellas a medida que éstas avanzan en edad, la observación por parte del telescopio Spitzer de la NASA de abundante polvo ha conducido a los científicos a sospechar que la causa no es otra que la colisión frecuente entre planetas, concluyendo que la vida es altamente improbable en ellos.

Pero incluso las órbitas potencialmente estables podrían muy probablemente ajustarse a trayectorias complejas y climas muy variables. Por ejemplo, cuando un planeta orbita la estrella más grande y caliente de las dos, el campo gravitatorio tan intenso acercará el planeta, dando inicio a un período de calor abrasador en su superficie. En cambio, a medida que se aleje de la estrella grande y se acerque paulatinamente a la más pequeña y fría, su débil fuerza gravitacional hará posible que el planeta se aleje e inicie un largo período de bajas temperaturas. Y todo, sin contar con que el sistema de ortos y ocasos ofrecerá una complejidad digna de la imaginación más audaz.

Teniendo en cuenta todo lo expuesto más arriba, los astrofísicos contemplan dos situaciones diferentes en que los planetas podrían formarse y albergar vida, siempre que todas las dificultades anteriores pudiesen evitarse (muy poco probablemente, según la NASA).

La primera posibilidad consistiría en que las dos estrellas estuvieran muy alejadas entre sí, a miles de millones de kilómetros. Los planetas en estos sistemas solares orbitarían una de las estrellas lo suficientemente lejos de la otra. Desde la superficie de estos planetas, la segunda estrella no se diferenciaría gran cosa del resto de estrellas de la galaxia.

La segunda posibilidad admite que las estrellas se encuentren relativamente próximas, separadas tan sólo por unos pocos millones de kilómetros. De esta manera, el planeta que las orbitara desde una distancia suficientemente grande sentiría un campo gravitatorio equivalente al de una sola de ellas. Para que la órbita resultase estable sería suficiente con que la distancia entre las dos estrellas del sistema binario fuese únicamente la décima parte de la distancia al planeta. En tal situación, la órbita planetaria debería ser casi circular y la temperatura en su superficie podría mantenerse sin demasiadas variaciones bruscas. Al estar cercanas entre sí las estrellas, ambas se verían en el cielo con tamaños aparentes muy similares. Los amaneceres y atardeceres mostrarían dos soles elevándose y ocultándose, respectivamente. Justamente, lo que tiene lugar en Tattoine...